Sobreviviente (México, 2004), fue realizado, aparentemente, con la Beca de Jóvenes Creadores que su director, Jesús Magaña, recibió de Conaculta. Sin ironías de por medio, creo que estamos ante un dinero estatal bien invertido. El primer largometraje del señor Magaña es el esbozo de una buena película (o mejor dicho, de varias): autorretrato de un aprendiz de cineasta irresponsable, mamón e higadito ("Yo soy el film-maker, no tú"); película-encuesta de media docena de chavas confesándose frente a la cámara acerca de sus filias y fobias erótico-masculinas; circular relato de una historia de amor que no va a ningún lado; desconcertante alegato anti-abortista que pudo haber sido patrocinado por Serrano Limón (mira lo que les pasa a las parejas que deciden abortar); alucinante y espléndido corto animado (¡de René Castillo!) metido a calzador en el centro de la narrativa; personaje-digresión encarnado por Mario Zaragoza que parece llevar al filme a terrenos regocijantemente populacheros...
El primer largometraje de Magaña está realizado en el clásico blanco y negro de los ejercicios escolares, presume un buen manejo de sus transiciones, y sus desconocidos actores protagónicos cumplen a cabalidad. No hay mucho de qué quejarse en realidad, a excepción del manejo del sonido, que se antoja sobretrabajado, sobre todo en las secuencias finales. Sin embargo, la historia del ególatra "creador" Tonatiuh (Humberto Busto) que, por su incurable inmadurez, echa a perder su relacion con la mujer que ama, Adela (Daniela Schmidt), termina por ser muy irritante. Claro, se supone que Tonatiuh ha sido incapaz de asentarse existencialmente por un oscuro intento de suicidio, cometido cuando él era un niño, pero esta subtrama queda flotando alrededor de las ojeteces del "artista", los reproches de su pareja y los constantes rompimientos que vemos en pantalla.
Un "prietito" más: el monólogo final dizque dramático resulta excesivo y roza con la cursilería de alguna mala canción de José Luis Perales o Ricardo Arjona ("¿Dónde pongo la queja?, ¿Por qué hay niños abortados?, ¿Quien me puede perdonar?").
De todas formas, en el señor Magaña encontramos a un cineasta en ciernes al que habrá que seguirle la pista. Además, es extremadamente amable: su apreciable ejercicio narrativo dura nada más una hora. Eso se llama ser un caballero.
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